INTRODUCCIÓN y planteamiento del problema Los universitarios se encuentran dentro de la etapa de adultez joven delimitada por el rango de edad que abarca desde los 18 a los 30 años (FAO/WHO/UNU, 2004). Durante la transición a la universidad, los sujetos buscan su autonomía y comienzan a adaptarse a nuevas rutinas y estilos de vida, originando actitudes y hábitos que probablemente se mantendrán en la edad adulta posterior, y que a largo plazo pueden tener consecuencias negativas para la salud (Beaudry et al., 2019). Muchos de los nuevos hábitos durante esta etapa se relacionan con la ingesta alimentaria, que durante la universidad se caracteriza por la influencia de factores como la independencia sobre la elección y preparación de alimentos, reducción en los presupuestos para la adquisición de los mismos, exposición a diversos grupos sociales y a nuevas culturas alimentarias, lo cual impacta directamente el estado nutricional (Cutillas et al., 2013), debido a que se ha asociado con cambios desfavorables en el consumo cotidiano de alimentos, caracterizándose por un mayor consumo de comida rápida (AlJohani et al., 2019), específicamente alimentos con alta densidad energética, ricos en proteínas (Syed et al., 2020), grasas saturadas, azúcares (Franco-Paredes y Valdés Miramontes, 2013), alcohol (Sprake et al., 2018), y un bajo consumo de alimentos recomendables como frutas y verduras (Rodríguez-Ramírez et al., 2020). Durante la vida universitaria también suelen adoptarse conductas alimentarias de riesgo (CAR), definidas como aquellas conductas inapropiadas que preceden a los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), que no cumplen con los criterios de frecuencia y duración para ser diagnosticadas como un TCA (Unikel et al., 2006). Esta sintomatología relacionada con los TCA (Lofrano-Prado et al., 2015), incluye vómitos autoinducidos, uso de laxantes, atracones, ejercicio físico para el control del peso (Berengüí et al., 2016), uso de pastillas adelgazantes y diuréticos (Mendoza y Olalde, 2019), omisión de comidas (AlJohani et al., 2019), tendencia por el vegetarianismo (Sprake et al., 2018), adicción a la comida y pérdida de control en la alimentación (Yu y Tan, 2016). Las CAR en esta población han sido reportadas en estudiantes de nutrición (Calderón, 2006) y medicina (Trujillo y Yager, 2008; Chang et al., 2015), y en países como China (Yu et al., 2015), Indonesia, Tailandia, Vietnam, Malasia y Myanmar (Pengpid y Peltzer, 2018), Turquía (Tozun et al., 2010), Colombia (Lugli-Rivero y Vivas, 2001; Fandiño et al., 2007), Puerto Rico (Reyes-Rodríguez et al., 2010) y Brasil (Monteiro et al., 2010). En México las CAR han sido reportadas en estudiantes de Veracruz, de Mérida (Cruz et al., 2008), del área metropolitana (Álvarez et al., 2003) y del estado de Hidalgo, (Autora y Unikel-Santoncini, 2010; Autora et al., 2015). Durante la etapa universitaria, el estilo de vida sedentario también forma parte de los hábitos poco saludables, y es entendido como la cantidad de horas sentado que pasa un individuo frente a una pantalla (Carrera, 2017), que junto con la poca realización de actividad física representan un riesgo para la salud, lo que ha sido reportado en estudiantes de ambos sexos (Grygiel-Górniak et al., 2016; Syed et al., 2020). Todo lo descrito con anterioridad, repercute en la ganancia de peso durante los primeros años de la universidad, donde tanto hombres como mujeres ganan una cantidad significativa de peso corporal que repercute en el índice de masa corporal (Desai et al., 2019). La prevalencia de sobrepeso y obesidad ha sido descrita en universitarios de Nigeria (Kayode y Alabi, 2020), Arabia Saudita (Syed et al., 2020), Ghana (Amidu et al., 2017) y la India (Desai et al., 2019), mientras que en México la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) es quien reporta estas condiciones en los adultos jóvenes de 20 a 29 años de edad (Shamah-Levy et al., 2020). Se han realizado asociaciones entre la ingesta alimentaria y conductas alimentarias (Mardones et al., 2021), y entre estas variables y la circunferencia de cintura e IMC (Becerra-Bulla y Vargas-Zarate, 2015) junto con la satisfacción corporal (Palmeros-Exsome et al., 2022) y actividad física (Unikel-Santoncini et al., 2016) sin embargo, no se ha reportado la asociación conjunta de estas variables; a excepción de la percepción corporal y la circunferencia de cintura, en una sola muestra de estudio. Por tal motivo, el objetivo de esta investigación fue determinar la asociación entre la ingesta alimentaria, conductas alimentarias de riesgo, actividad física, sedentarismo e IMC en una muestra de estudiantes universitarios hidalguenses.
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